La lejía

07/12/2006

en Hogar

Lejía
La lejía, es un compuesto químico llamado hipoclorito de sodio, disuelto en agua. Fue desarrollado por el francés Berthollet en 1787 para blanquear telas. Luego, a fines del siglo XIX, Luis Pasteur comprobó su incomparable poder de desinfección, extendiendo su uso a la defensa de la salud contra gérmenes y bacterias.

La lejía o simplemente cloro como también se le conoce, se produce industrialmente mezclando agua con sal, filtrándola y pasándola por un proceso de electrólisis que descompone el agua en cloro, hidróxido de sodio e hidrógeno. Luego se mezclan el cloro, el hidróxido de sodio y agua produciéndose el hipoclorito de sodio o lejía, que se envasa para su distribución.

Como la lejía es el mejor desinfectante doméstico que se conoce, si es empleado racionalmente resulta de gran utilidad para preservar la salud, tanto de las personas, como de los animales. Su poder germicida es comprobado y por tanto es ampliamente utilizado en clínicas, hospitales, restaurantes y en los hogares. La lejía se vende en el mercado con diferentes nombres, pero todos esos productos están basados en el hipoclorito de sodio.

Existen una gran cantidad de productos químicos que se pueden emplear para la desinfección, tanto en el ámbito doméstico como en el industrial. Pero, entre todos ellos, la lejía o cloro, es el de primera elección, no sólo por su comprobado poder antigermicida, sino porque es económico y de fácil utilización.

Debido a que mata las bacterias, elimina el mal olor causado por la acción bacteriana al descomponer los productos orgánicos y es donde los gérmenes se desarrollan. El poder oxidante de la lejía destruye las moléculas producidas por las bacterias, que son las que despiden el mal olor.

La lejía tiene un color verde amarillento, con olor característico a cloro que es una de las causas de desagrado para las amas de casa. Por esa razón, se comercializa con aditivos que le cambian el color y se presentan en envases con varios grados de concentración para diferentes usos. Sin embargo todos esos productos están basados en la lejía común. La lejía se puede emplear para descontaminar el agua, empleando sólo 2 gotas por litro de agua y esperando una media hora para que haga efecto. Por eso se recomienda para limpiar los dispensadores de los bidones de agua envasada.

Comercialmente, se venden lejías tradicionales, lejías para lavadoras eléctricas, lejías perfumadas y lejías con detergentes. Las hay líquidas con consistencia de agua, espesas para evitar que salpiquen y en pasta. Por supuesto que la lejía también se utiliza para el efecto original buscado por su creador Berthollet, el blanqueado de la tela, y por tanto se venden en el mercado productos blanqueadores que están basados en el hipoclorito de sodio, sólo que tienen diferentes concentraciones y compuestos perfumadores apropiados para lavar la ropa. A diferencia de los blanqueadores a base de perborato y percarbonato que deben usarse a temperaturas de 50-60ºC, la lejía blanquea a temperaturas más bajas, ahorrando energía.

Pero la lejía, es un producto corrosivo que debe tratarse con cuidado porque es dañino para la salud y por tanto debe mantenerse fuera del alcance de los niños y debe siempre manipularse con sumo cuidado utilizando guantes. Su acción corrosiva puede dañar el acero inoxidable si se emplea en concentraciones elevadas y por largo tiempo. También malogra la ropa si se utiliza como blanqueador de manera muy frecuente, llegando a convertir el color blanco en grisáceo. La lejía, no es adecuada para lavar nylon, seda o lana porque las destruye. Por esa razón, es conveniente utilizar productos comerciales que tienen las concentraciones adecuadas para cada uso y que no son tan peligrosos de manipular. Si quieres blanquear una prenda de algodón para lograr efectos especiales, puedes aplicarle lejía, pero en cuanto hayas conseguido el efecto buscado, tienes que neutralizar la reacción química de la lejía en el tejido, sumergiéndo la prenda en una solución de agua y vinagre (200ml de vinagre en 1 litro de agua) y después lavándola con agua con jabón neutro (3 a 5 gr de escamas de jabón puro en 1 litro de agua).

Sin embargo, a pesar de lo poderosa que es la lejía, su acción corrosiva desaparece en la medida que va actuando y termina descomponiéndose en sal y agua. La lejía que se va por el desagüe seguirá cumpliendo su acción limpiadora hasta perder todo su poder corrosivo y antiséptico. Por esa razón no afecta el medio ambiente.

En general, para contrarrestar la acción de la lejía, se debe usar solamente agua fría. En casos de ingestión accidental, no se debe inducir al vómito, sino utilizar grandes cantidades de agua fría, leche, helados o antiácidos para neutralizarla y llamar a un médico para que preste la atención correspondiente. Si la lejía ha caído en la piel o en los ojos, se debe limpiar o lavar con agua abundante durante al menos 15 minutos. Algunas combinaciones de lejía con blanqueadores o con algunos productos de limpieza en polvo y amoníaco pueden liberar el cloro que puede causar asfixia.

La lejía también se degrada con la exposición a la luz y el paso del tiempo por lo que es siempre conveniente ver las fechas de vencimientos en los envases, para garantizarnos su efectividad. Por esas mismas consideraciones, la lejía debe guardarse en lugares donde no reciban la luz y que estén fuera del alcance de los niños y mascotas.


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